Poco queda de los numerosos
dragos milenarios que antaño cubrían las orillas
del Barranco, apenas un par de ejemplares que situados en una zona
totalmente inaccesible dan la impresión de haber subido hasta
allí huyendo de la mano devastadora del hombre. Con respecto a
los madroños sabemos que existieron en el lugar gracias a Webb y
Berthelot "...
están todos reunidos cerca del barranco de
Badajoz, y forman uno de los bosques más agradables de Tenerife".
Después de la erupción
volcánica que azotó al municipio de Güimar el
anochecer del 2 de febrero de 1705 el agua que emergía de la
cascada del Barranco se vio muy reducida dejando de fluir en su mayor
parte, aun así el agua que quedó fue suficiente para
garantizar la prosperidad que alcanzó Güimar en el sector
agrícola durante el siglo XIX. Por otro lado en 1912 se
comenzó a perforar la primera galería de agua, la de
Izaña, justo debajo de la cascada que desde gran altura y con
forma de cola
de caballo vertía sus aguas al cauce de Badajoz, el agua
pasó
entonces a salir por dicha galería. Y lo mismo paso con otros
nacientes de agua naturales que habían en el Barranco, acabaron
siendo canalizados. Esta canalización de las aguas
provocó que gran parte de la vegetación del lugar, entre
ella algunos
endemismos, acabaran desapareciendo para siempre. Más tarde
vendría
la extracción de áridos, justo en el cono de
deyección, que lamentablemente dura aún hasta nuestros
días y que
no parece ser que las autoridades tengan previsto, ni siquiera a largo
plazo, poner fin.
No obstante el Barranco de Badajoz continua siendo
uno de los lugares más bellos de la Isla de Tenerife. De gran
interés botánico ya que conserva aún una gran
variedad de vegetación entre la que se

siguen contando varios
endemismos exclusivos del
Barranco de Badajoz como:
la Euphorbia bourgaeana, Dorynium
spectabile,
Helianthemun teneriffae, etc. Y sus
misterios, que con una notoria reputación lo ha llevado ha ser
conocido en todo el mundo.
Esperemos que un futuro cercano comencemos a tomar
más conciencia de lo que suponen los pocos espacios naturales
que aún nos quedan, y aprendamos a valorarlos y protegerlos
mejor, para que las generaciones futuras puedan seguir disfrutando
ellos.